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Hoy hace mucho frío.  El hombre del tiempo lleva días diciendo que nos abriguemos, que esta ola de frío viene en serio y para quedarse unos días.  Cosa normal—pienso— ya que es siete de enero. 

Esta noche he dormido como un lirón, sin pesadillas, sin despejarme a media noche y sin esas preocupaciones tontas que hacen que mi cerebro se despierte durante un minuto y se vuelva a dormir, truncando el bienestar de ese sueño profundo que tanto necesito.  Casi 11 horas seguidas.  Lo necesitaba.

Cuando he conseguido despegarme de las sábanas y bajar a desayunar una noticia danzaba por todas partes: los seguidores de Trump asaltan el congreso de los EEUU.  

Cada uno acaba su presidencia de la forma que quiere, eso está claro.  Trump ha decidido hacer ruido hasta que le echen de la Casa Blanca.  Desde el primer día que fue elegido siempre he pensado que los votantes habían puesto todo el poder bélico, económico y social de uno de los países con mayor potencial en las manos de un niño malcriado y mimado quien juega a ser Dios. 

Alguien vestido de búfalo con una gran cornamenta como gorro presidiendo el hemiciclo no es una imagen que el mundo pueda olvidar.  La sensación de vulnerabilidad por la facilidad con la que han entrado en el lugar donde se gestan las leyes de la primera nación del mundo tampoco lo es.  Quizás eso es lo peor que puede pasar, la sensación de fragilidad de un lugar tan importante, donde se gestó la constitución de los grandes Estados Unidos de América se vuelve inseguro y vulnerable.  Y que esa fragilidad tiene un acceso directo muy fácil de abordar, una puerta trasera que alguien ve abierta.  La pregunta que seguramente medio mundo se hace es ¿cómo?. 

Seguramente rodarán cabezas, o quizás todo quedará como siempre, en reproches de uno u otro partido buscando a un culpable invisible o una mano negra.   Sea como sea lo cierto es que a las 6 de la tarde —que es cuando escribo esto—hay cuatro personas menos en este maravilloso mundo.  Muertes provocadas por palabras dichas a modo de rabieta de un niño de 70 años que ha decidido irse haciendo ruido. 

 Tanto haya sido un buen presidente como no, yo no dormiría tranquila sabiendo que alguien ha muerto alentado por mi discurso incendiario. Probablemente él dormirá muy bien.  O a lo mejor tiene pesadillas con una cabeza de bisonte presidiendo su sala de estar.

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